
Nota principal
El lado B del Ballet
La desprotección institucional y la epidemia silenciosa de trastornos alimenticios en el Teatro Colón
"Disciplina y forma. Eso es lo más importante para un bailarín". La frase de Tatiana Fesenko, regente del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón (ISA), resume la filosofía de un mundo que, bajo un velo de belleza etérea y perfección estética, esconde una una epidemia silenciosa de trastornos de la conducta alimentaria (TCA).
La anorexia y la bulimia nerviosa no son excepciones en la élite de la danza, sino una consecuencia casi esperada de una cultura que exige el sacrificio del cuerpo. Los testimonios de exalumnas del Colón no hablan de casos aislados, sino de un sistema pedagógico que ha fomentado históricamente estándares físicos insalubres. "Viene época de exámenes, empiezan a comer manzanitas", era un consejo habitual de los docentes del ISA.
Las cifras confirman la gravedad, ya que estudios internacionales señalan que las bailarinas de ballet clásico tienen tasas de trastornos alimentarios hasta 20 veces más altas que la población común. En Argentina, un país ya obsesionado con la delgadez donde, según especialistas, "está completamente naturalizado no comer, saltarse comidas o comer porciones chicas", este fenómeno se amplifica.
Los testimonios de quienes lo vivieron son crudos. Constanza Saíno, exalumna del ISA, llegó a pesar 24 kilos a los 12 años por la exigencia de ser una "sílfide". Aldana Vaulet, también ex-Colón, desarrolló un trastorno compulsivo de la alimentación después de que un profesor le dijera que tenía "un problema entre la cintura y las rodillas". Ambas internalizaron que sus cuerpos eran "incorrectos" y debían ser castigados para encajar.
Mientras esto ocurría en las aulas, la respuesta institucional fue la desprotección. "Es raro que un Teatro de tal envergadura todavía no haya definido un equipo médico propio", sentenciaba ya en 2017 el médico deportólogo Marcelo Ghioldi, quien atendió ad honorem a los bailarines ante la falta de un equipo oficial. "En el descuido de los últimos 20 años ya perdimos cinco o seis Julio Bocca y Paloma Herrera", advirtió.
Esta combinación de valorar la tradición de la "forma" sobre el fondo, una pedagogía del miedo y una alarmante falta de apoyo interdisciplinario ha creado la tormenta perfecta para que la obsesión por el cuerpo eclipse al arte, dejando un saldo de carreras que no llegaron a despegar y cuerpos al borde del colapso.
La "forma" sobre el fondo: el ideal estético que enferma
El ballet no siempre exigió un físico esquelético. No fue sino hasta mediados del siglo XX que el influyente coreógrafo George Balanchine impuso en el New York City Ballet un nuevo canon. Así nace la bailarina ultradelgada, de extremidades larguísimas, torso diminuto y clavículas marcadas. El "cuerpo Balanchine" se convirtió en el estándar de oro. La bailarina Gelsey Kirkland, en su autobiografía "Dancing on My Grave", relató cómo Balanchine le exigía "no comer nada", sentando las bases de una cultura donde la inanición era vista como un requisito profesional.
Este ideal estético se globalizó, haciendo que lo que antes era atlético, hoy sea considerado "gordo". "El ballet clásico es pura estética", afirmó Alejandro González, primer bailarín y maestro del Ballet Nacional Sodre de Uruguay, explicando que en la danza clásica, a diferencia de otras, se busca una uniformidad física rigurosa. Esta presión no es solo una sugerencia, sino una sentencia. "Si estás gordo, el coreógrafo no te pone", sentenció González. La delgadez extrema se asocia así con la excelencia artística y el éxito.
La primera consecuencia de este ideal inalcanzable es la distorsión de la imagen corporal. Estudios realizados en Argentina por Paredes, Nessier y González (2011) con bailarinas en Santa Fe, encontraron que el 50% de las estudiantes sobreestimaba el tamaño de su cuerpo. Las chicas evaluadas se veían "gordas" cuando sus medidas indicaban lo contrario. Esta dismorfia es el síntomas central que enciende la mecha del TCA.
Esta presión estética impacta directamente sobre un perfil psicológico ya vulnerable. Las investigación de Guillermina Rutsztein et al. (2010) demuestra que las estudiantes de ballet tienden a puntuar más alto en perfeccionismo extremo, autoexigencia, inseguridad social y "miedo a madurar". La danza atrae a personalidades que buscan el control absoluto.
Cuando esta necesidad de control se topa con un estándar estético imposible, el único camino que muchas jóvenes encuentran para "encajar en el molde" es controlar obsesivamente lo único que pueden: la comida. La restricción alimentaria se convierte en una estrategia de supervivencia en la industria.
El Colón y la falta de sostén institucional
Si el ballet es una cultura de riesgo, la falta de una red de contención institucional la convierte en una trampa. En Argentina, el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón es la referencia ineludible, pero también el foco de las críticas más severas por su histórica falta de estructura de salud para sus alumnos.
"Los directivos del teatro tienen la autonomía presupuestaria para contratar un equipo interdisciplinario, pero no lo hacen", analizaba en 2017 el médico deportólogo y creador del proyecto EIDAN Marcelo Ghioldi. Según él, la consecuencia de esta desprotección es la pérdida de talento por la cantidad de jóvenes que abandonaron sus carreras por lesiones y problemas de salud derivados de la falta de seguimiento. El cuerpo de un bailarín es el de un atleta de élite, pero en el Colón no ha sido tratado como tal.
La comparación con otras instituciones de élite mundial es alarmante. Mientras el Royal Ballet de Londres o el American Ballet Theatre (ABT) cuentan con equipos interdisciplinarios que incluyen múltiples fisioterapeutas, médicos asesores, psicólogos de rendimiento, nutricionistas, masajistas y podólogos, el Ballet Estable del Colón lista principalmente kinesiólogos (once) y una sola nutricionista (Geraldine Roger), sin psicólogos ni médicos clínicos permanentes dedicados al ballet.
Esta falta de estructura médica se suma a prácticas institucionales que fomentan la obsesión. Vanesa Etchazarreta, egresada del ISA, relató cómo con 24 años fue eliminada de una audición para una compañía nacional por ser "gorda", exigiéndole bajar 4 o 5 kilos. Su propia nutricionista se negó, advirtiendo el peligro.
El Colón, como entidad pública, opera en un país donde la Ley Nacional 26.396 (sancionada en 2008) declara de "interés nacional" la prevención y control de los trastornos alimentarios. Sin embargo, la ausencia de un gabinete de salud mental y nutricional en su principal escuela de danza durante décadas evidencia un incumplimiento de facto y una desconexión entre la ley y la realidad de sus aulas.
"Si el profesor te lo pide, lo hacés": la pedagogía del miedo
"La bailarina toma una postura pasiva. Escucha, asiente y lo hace". La frase de Aldana Vaulet, exbailarina del Colón y hoy psicóloga, resume la dinámica de poder que define la formación en el ballet clásico. El maestro es una figura de autoridad incuestionable, y esa obediencia ciega es un factor clave en el desarrollo de TCA.
Los testimonios de exalumnas del Colón revelan un patrón de comentarios y exigencias que hoy serían considerados, como mínimo, negligencia profesional. "Tomá solo café, no comas cereales en el desayuno, es momento de bajar de peso" es una de las tantas analogías usadas por los instructores en época de exámen.
El caso de Constanza Saíno es paradigmático. A los 12 años, un maestro "muy exigente" le decía que debía ser una "sílfide". Llegó a pesar 24 kilos. Ella elató el clima de temor, donde le escondieron un alfajor en la mochila para que el profesor la descubriera y la reprendiera por comer algo "prohibido". "Los maestros me miraron como diciendo 'Eso lo tenés prohibido'", recordó.
Para Aldana Vaulet, el disparador fue similar, un profesor le dijo que tenía "un problema entre la cintura y las rodillas". A partir de ahí comenzó su trastorno alimentario, excluyéndose de cualquier evento social con comida.
Este modelo pedagógico se refuerza con la competencia interna para llegar a la élite. El ambiente es descrito por las propias bailarinas como "muy individualista y competitivo... bastante hostil". La psiquiatra Juana Poulisis advierte que crecer en un entorno donde se critica constantemente el cuerpo "impacta directamente en la autoestima, la identidad y la autopercepción" de las niñas.
Aunque algunas prácticas han cambiado y los comentarios despectivos ya no son tan públicos, la presión persiste. "Antes un maestro te podía gritar que estás gorda, pero ahora los directores o coreógrafos lo dicen con más cuidado y en privado", señaló una maestra del Sodre. El método es más sutil, pero el mensaje de exclusión por el físico sigue intacto.
Cuerpos rotos y una lucha por un ballet saludable
El intento desesperado por alcanzar la "figura ideal" mediante la restricción calórica y el sobreentrenamiento tiene consecuencias físicas y mentales devastadoras. La "Triada de la Atleta" (hoy conocida como Síndrome de Deficiencia Energética Relativa o RED-S) es común: baja disponibilidad de energía, descalcificación ósea (osteoporosis) y alteraciones menstruales (amenorrea).
Los testimonios lo confirman. Sofía Macaggi perdió su período menstrual durante tres años. Mariafrancesca Garritano (despedida de La Scala por denunciar esto) lo perdió por un año y medio. La desnutrición crónica lleva a fatiga, debilidad muscular y un aumento dramático de lesiones. Irónicamente, el esfuerzo por ser "perfecta" termina destruyendo la herramienta de trabajo de la bailarina.
El debate "Tradición vs. Salud" está en el centro de la escena. Por un lado, la visión tradicional, como la de la regente del Colón Tatiana Fesenko, que insiste: "Disciplina y forma. Eso es lo más importante". Por otro, la visión de la salud, como la del Dr. Ghioldi, que replica: "preservar la salud... va a generar mejores bailarines en un futuro".
Un punto de inflexión en Argentina llegó en 2023-2024. Aldana Vaulet, utilizando su propia experiencia en el Colón, impulsó un proyecto de ley nacional (presentado por el diputado Tomás Ledesma) para cambiar estructuralmente esta realidad. El proyecto busca "desmitificar la idea de que para bailar ballet tenés que estar delgado, ser alto o tener extremidades largas".
La ley propuesta tiene dos ejes fundamentales. El primero: la creación obligatoria de equipos interdisciplinarios (psicólogos, nutricionistas deportivos, médicos) en todas las instituciones de alto rendimiento que formen a niños y adolescentes, para prevenir, detectar y tratar los TCA.
El segundo eje es pedagógico: exige capacitación obligatoria en salud y pedagogía para los docentes, buscando "erradicar los criterios retrógrados de la estética y del cuerpo que todavía prevalecen". Este proyecto, de aprobarse, forzaría a instituciones como el Teatro Colón a implementar las redes de contención que han omitido durante décadas.
El camino es largo, pero la tendencia es hacia un ballet más humano. Experiencias como la de la Escuela Nacional de Danza del SODRE en Uruguay, que ya integró un equipo de salud con psicólogos y nutricionistas, demuestran que es posible. La meta, como concluye Vaulet, es demostrar que la excelencia artística y la salud pueden convivir: "Sí, se re mil puede".
